domingo, 22 de noviembre de 2015

OTRA ENTRADA


Para los aficionados a los huertos urbanos estoy escribiendo otro blog (‘VIVA LA HORTICULTURA’).  Su dirección es: https://mazarete.blogspot.com

 

martes, 3 de noviembre de 2015

SUCEDIO EN BUDAPEST


Falta una epopeya que nos sucedió en Budapest.

Por la tarde nos dieron tiempo libre. Avistamos un gran paseo por la orilla izquierda del Danubio, por donde circu­laban grupos de jóvenes aprovechando probablemente que era sábado tarde. La mayor parte de los grupos eran o de hombres o de mujeres, pero no mixtos. Vamos, como en España en aquellos tiempos. Así que teníamos nuestra oportunidad. Íbamos Santiago, Ignacio y yo, con lo que nos propusimos intentar ligar con algún grupo de tres féminas, haciendo uso de nuestros pequeños conocimientos de francés. El inglés todavía no tenía la fuerza que tiene hoy. Al principio no había forma de entablar conversación, no sabíamos si porque no hablaban francés (en Hungría se hablaba, aparte de húngaro, sobre todo ruso y alemán), o por el hecho de ser extranjeros. Pero la suerte finalmente nos favoreció. Vimos un grupo de tres chavalas que nos miraban de reojo, acompañado de risitas entre ellas.


Santiago dijo:

–Es señal inequívoca de que quieren ligar, al menos, así sería en España.

Y efectivamente, empezamos a chapurrear con ellas en francés. Cuando se enteraron de que éramos españoles, lo primero que querían saber es, qué era eso del toreo. Ignacio les dijo que tal era la afición, que cada español tenía un papel en las corridas de toros y que lo ejercía cuando, por riguroso turno, le tocaba. Ahí es nada.

Yo les decía:

–Santiago es toreador, Ignacio banderillero y yo picador.

Explicándoles el papel de cada operario, se miraban incrédulas entre sí, pero el apoyo de Ignacio y Santiago pareció convencerlas. Fue buena entrada, pues por lo menos provocó risas y seguimos con otros temas en un ambiente más relajado.

Yo era el que más esfuerzos hacía por entenderlas. Así que, de sus propias conversaciones en húngaro, idioma raro por cierto, iba pescando palabras que me permitía adelan­tarme y ayudar a lo que nos querían decir. Pero al cabo de un rato dijeron que ya no querían seguir con nosotros. Pidiéndoles explicaciones nos dijeron:

–Bueno, con vosotros (por Santiago e Ignacio) no nos importaría, pero con vuestro compañero (es decir yo) no queremos seguir.

-¿Cuál es el problema? –les decía ofendido.

Al principio hacían remilgos, pero finalmente confesaron a mis compañeros en un aparte, que yo era de la policía secreta húngara.

¡Dios mío cómo pude dar esa sensación! Buscando una explicación, aparte de mi fea cara, llegué a la conclusión de que mi afán por entenderlas les pudo llevar a ese resultado. No era raro en un país donde nadie se fiaba de nadie.

De todas formas mi afán de cordialidad con la gente, en algunas ocasiones me ha dado disgustos por malentendidos. Cuando te pasas en atenciones con ciertas personas se creen con derecho a más. Desgraciadamente, en mi vida, cuando esto ha sucedido y me daba cuenta, ya era tarde.

 
En aquel tiempo yo pensaba que había que ser buena persona con todas sus consecuencias. Hoy añadiría, pero no tonto.

jueves, 10 de septiembre de 2015

OTRA DE COCHES (Serie investigación-2)



El mismo capataz de la historia anterior fue un día a recoger su propio coche a la hora de salida del trabajo. Nuevamente no lo encontraba, pero ¡córcholis! esta vez era más serio pues se trataba de su propio coche. Claro, se había dejado las llaves a la vista en la repisa, pero no esperaba que en su propio centro de trabajo le robaran su coche. Acudió nuevamente al director para denunciarlo y se fue como pudo a su casa.

En la propia Unidad trabajaba un perito agrícola que trataba de hacer la licenciatura en Ciencias Físicas en la Universidad de Zaragoza. Para estudiar aprovechaba el tiempo nocturno y para ello se drogaba con lo que podía. De tal forma que llegaba colocado al trabajo. Aquel día de los hechos, quizás algo más pues tenía examen y debía ir a la Facultad. El caso es que seguía colocado a la hora de salir del trabajo.

Su coche y el del capataz eran del mismo modelo. Se metió en el coche del capataz y con sus propias llaves no conseguía arrancarlo. De repente vio otras llaves en la repisa y con ellas arrancó y se fue directamente al examen. A la salida del examen cogió el coche y lo aparcó en las cercanías de su domicilio.

A la mañana siguiente, ya en mejores condiciones mentales, no encontraba su propio coche ni en su casa ni en la Universidad y volvió como pudo al trabajo. Allí lo esperaba el capataz que suponía lo que había ocurrido. Y comentaba para sus adentros: ¡Qué jefes tengo!

 

jueves, 13 de agosto de 2015

EL CINTURÓN DEL FUNCIONARIO (Serie investigación-1)


(Con esta primera entrada inauguro una serie, que será intercalada, de historias curiosas de un centro de investigación agraria y de investigación en general)

Como todas las mañanas, el capataz de la Unidad fue al garaje a coger el coche que utilizaba para bajar a la parcela experimental de investigación agraria, junto al río Gállego, en Zaragoza. Al no encontrarlo tuvo que solicitar otro coche para poder hacer su labor y por supuesto denunciar al director del Centro de Investigación su desaparición.

Una vez en la parcela y dando una vuelta a su alrededor, vio que el coche perdido se encontraba en un camino abrupto y sin salida, entre el boscaje de ribera del río. Se acercó al coche, no sin prevención, pues estaba medio atascado y con las dos puertas delanteras abiertas de par en par.

Ya dentro del coche, un Renault 4L de los años 70, vio que las llaves de contacto se encontraban en su lugar. En el asiento del acompañante había abandonado un cinturón de pantalón de hombre. Puertas abiertas, camino entre boscaje, llaves puestas, cinturón de hombre. El capataz sin dudarlo pensó: encuentro de pareja abortado ante la presencia de alguna otra persona. La pareja debió de tener que abandonar precipitadamente el asunto, caminando a pie, de malas maneras por la orilla del rio, y el hombre, claro, sujetándose los pantalones

Con estas suposiciones, el capataz recogió el coche y acudió con la noticia de su recuperación al director, a quien entrego el cinturón. Éste le dio la orden de no comentar nada a este respecto.

El director, por el tamaño del cinturón, supuso que el funcionario debía de ser más bien delgado. Con esta premisa empezó a observar a los varones del centro, entre los que me encontraba yo, que casualmente era de la misma Unidad que el coche desaparecido. Después del consiguiente interrogatorio fui descartado y siguió la búsqueda por otras Unidades.

Parece ser, pues con certeza no llegó a saberse, que el hombre era de otra Unidad del Centro, pero, claro, si el coche era de nuestra Unidad la mujer debía de ser de nuestra propia Unidad. ¡Caramba, caramba!

 

 

 

 

lunes, 10 de agosto de 2015

COMUNISTAS ESPAÑOLES EN RUMANÍA

             Proseguimos haciendo nuestra valoración del viaje.
 
–Y la desaparición de Carlos Shepherd– me decía Santiago– probablemente en la búsqueda de sus colegas del PC.

                 Este hecho merece la pena ser contado.

El 26 de julio, en ese paseo por Bucarest se nos unió Ignacio, el compañero de habitación de Carlos Shepherd, que quería contarnos algo. Ignacio nos dijo que Carlos le había comentado, que la pasada noche y seguramente algunas de las siguientes, no iba a dormir en el hotel pues tenía cosas más ‘importantes’ que hacer. De hecho, no lo habíamos visto en todo el día.

Santiago le dijo a Ignacio:

–Tranquilo, mejor vas a dormir.

–Sí, pero no sé cómo decírselo a Don Joaquín.

–Pues simplemente díselo con las mismas palabras que nos has dicho a nosotros.

–Sí, pero yo fui quién porfió ante Don Joaquín para que lo aceptase para el viaje, a pesar de que no era estudiante de agrónomos. Santiago se quedó pensativo y, al cabo, le preguntó a Ignacio:

– ¿Este tío no es del PC?

–Sí, de hecho ha aparecido su foto, convenientemente disfrazado para no ser reconocido, en la revista ‘Mundo Obrero’, como ejemplo de estudiante comprometido con el PC.

–Pues no me digas más. ¿No reside en Rumania Santiago Carrillo?

–Creo que sí. –Contestaba Ignacio–. Además, Sherperd era de los que en el año 64 iba al frente de una manifestación cuyo lema era: ‘Anda jaleo, jaleo, los estudiantes despiertan y el SEU se va a paseo’, producto de la cual desapareció este sindicato, aunque quedaron los comedores estudian­tiles, que todos seguíamos llamando del SEU, y que nos hacían un buen servicio.

 
En cuanto a Carrillo, entonces eran conjeturas, pero luego se supo que estaba residiendo habitualmente en algún lugar de Rumania, cuyo gobierno le financiaba sus activi­dades. Entre ellas, la más conocida la emisión desde este país de Radio Pirenaica. Si Sherperd había salido en Mundo Obrero, ¿no tendría la misión de dirigirse a los universi­tarios españoles desde Radio Pirenaica?

 

 

 

miércoles, 29 de julio de 2015

RUMANIA (Paraíso en Mamaia e Infierno comunista en el delta del Danubio)


 

La noche no parecía que nos diera sueño, así que seguimos haciendo nuestra valoración del viaje.

 

–Sin embargo, en el hotel Majestic, en Mamaia, nos hicieron una recepción paradisíaca, imposible de creer para unos jóvenes graduados como éramos nosotros– me comentaba Santiago.


–Pues sí– corroboraba yo y añadía– Sin embargo, desde ese hotel nos llevaron al delta del Danubio, donde tuvimos una visión del infierno comunista, que en este momento todavía me sigue dando escalofríos.


 

La recepción paradisíaca en el Majestic merece ser contada.

Pasamos por el enclave turístico de Vama Veche y acabamos en una nueva zona turística, Mamaia, al norte de la ciudad de Constanza, otra vez en el Mar Negro. Llegamos a mediodía al hotel Majestic y, tras tomar posesión de nuestras habitaciones, pasamos a comer al restaurante.

Todos bajamos emocionados del lujo de las habitaciones, y la sorpresa fue aún mayor al ver el impresionante salón comedor. Era amplísimo, tenía el techo sobre elevado y uno de los laterales, el que daba a la playa, prácticamente acris­talado. Y nuevamente estaba repleto de turistas del Este.

Como en cada restaurante de los que veníamos disfru­tando desde Yugoslavia, en el propio salón había una orquesta que amenizaba los ágapes. Y lo mejor es que durante toda la semana en Rumanía estábamos totalmente invitados por el gobierno Rumano, presidido por el tristemente célebre Ceaucescu. Por la tarde, nuevamente disfrutamos de las playas del Mar Negro cada vez con más confianza.

La cena fue un preludio de las variadas sorpresas que nos tenía preparadas el gobierno rumano. El servicio de camareros nos sirvió a nosotros y a los innumerables turistas soviéticos un menú incomparable. A la llegada de los postres, la orquesta dejó de tocar, se apagaron las luces, y de la cocina empezó a salir una numerosa fila de camareros con bandejas en alto y flameadas, de tal forma que gracias a ellas veíamos el curso de los acontecimientos. Se oyó un ¡Ooooh! en toda la sala. Empezamos a comentar entre nosotros que debería haber alguien importante entre los soviéticos, pero para nuestra sorpresa atravesaron sus mesas y se dirigieron a las nuestras. ¡Las bandejas eran primero para nosotros! No cabíamos en sí de gozo. Don Joaquín y su señora estaban más emocionados que nosotros. Empezaron a servirles a los dos y luego al resto del grupo. La orquesta empezó a tocar aires españoles. Los soviéticos nos aplaudían. Era imposible de creer.

 

 

Pero el viaje por el delta del Danubio nos abrió los ojos al infierno comunista.

El jueves 24 de julio teníamos programada una visita turística por el gobierno rumano. Consistía en paseo en barco durante todo el día por el delta del Danubio (delta Dunari, en rumano), que se encontraba en las proximidades, llegando a la desembocadura en el mar Negro y volviendo al punto de origen.

Embarcamos en un pequeño navío, reservado en exclu­siva para nosotros, y empezamos a recorrer el río. A medida que avanzábamos, las dos orillas se fueron poblando de unos altos cañaverales que podrían alcanzar más de cuatro metros, de tal forma que parecía que estuviéramos circu­lando por un gran túnel vegetal, desde el que no veíamos nada salvo el agua.
 
Turismo en barco por el delta del Danubio


 
Cañaverales en el delta del Danubio


 
También pescadores

Íbamos entretenidos tratando de avistar algún pez desde la cubierta cuando de repente, a nuestra izquierda apareció un gran claro. En él pudimos observar varias decenas de hombres, sudorosos y con el torso desnudo, cortando las cañas junto a la orilla, vigilados por soldados con metralletas. Los hombres se quedaron parados, suspendiendo su trabajo, y observándonos en silencio, con caras serías y lastimosas por el duro trabajo que estaban haciendo. Nosotros también contuvimos nuestra respiración, y también nos quedamos callados por un corto período de tiempo, que nos pareció una eternidad. Estábamos a escasos metros unos de otros.

Santiago dijo:

–Parece un campo de trabajo.

Nadie contesto. Salvo el capitán del barco que aclaró en rumano, pero que todos pudimos entender:

–Esa es zona soviética.

Y viendo que algunos nos disponíamos a sacar nuestras instantáneas, aclaró:

–No se pueden hacer fotos.

Los soldados, amenazándoles con sus armas, empezaron a gritar a los cortadores de caña, que no tuvieron más remedio que volver a su trabajo. Y finalmente los perdimos de vista con el avance del barco.

Don Joaquín, después de hablar con el capitán, nos aclaró que la orilla izquierda era soviética y la derecha rumana.

Santiago, comento:

–A saber dónde tendrán los rumanos sus campos de trabajo.

Estuvimos algún tiempo anonadados haciendo comen­tarios sobre el asunto. Carlos Sherpherd apenas abrió la boca. Hasta que de cocina nos avisaron para la comida, que nos iba a ser servida en la cubierta del barco, pero a la sombra de toldos preparados al efecto, lo que no era desde­ñable por el fuerte calor húmedo ambiental. Y más después de haber visto las condiciones de trabajo de los presos. La comida estuvo a la altura de las precedentes, con el encanto añadido del lugar de servicio, que pronto nos hizo olvidar la experiencia anterior.

A la vuelta, debimos de circular por otro de los múlti­ples canales del Danubio, pues no pasamos por la zona del campo de trabajo. O bien, los presos habían acabado su des­graciada jornada.

Contando esta historia en el siglo XXI, alguien me decía que también Franco tuvo un campo de trabajo en el Valle de los Caídos. Claro, es cierto, pero en 1969 en ningún país occidental existían campos de trabajo. Y además, basta acudir a los escritos del premio Nobel de Literatura 1970, Alexander Solyenitzin, en concreto al libro Archipiélago Gulag, para saber las barbaridades que hicieron los sovié­ticos con los disidentes.

Curiosamente, Solyenitzin fue tan clarividente como para criticar, después de su vida en occidente, el capital liberalismo que ahora sufrimos.

 

 

viernes, 26 de junio de 2015

ENGAÑOS EN RUMANIA

 

Volviendo a la última noche de Budapest, mi compañero Santiago me seguía comentando eventos, esta vez sobre el país siguiente en nuestro viaje: Rumanía.
 
 

 

–Pues – me decía Santiago– que no sé si por el idioma, los rumanos me resultan más simpáticos, más latinos, como la historia nos enseña. ¿En dónde se iba a permitir un camarero gritarnos: ¡Franco Caudillo!?


– ¿Y qué me dices de la buscona y su comparsa que estuvieron a punto de engañarme?- Le comentaba yo.


– ¡Cómo que engañarte! –Me decía Santiago– Si no hubiera sido por el camarero argentino y nosotros, habrías caído en sus redes. No sé con qué consecuencias, teniendo en cuenta los curiosos acompañantes que llevaba.


–Parece mentira que este negocio también exista en los países comunistas.


 

El asunto de la buscona y sus acompañantes merece la pena de ser contada:

Después de la visita a unos invernaderos, llegamos a tiempo al autobús, pues empezó a llover, y así siguió hasta Bucarest. Nos alojamos en el entonces denominado Hotel Unión, situado en la calle 13 de septiembre (supongo que tras la caída del muro, el hotel y la calle tendrán otro nombre). Cuando llegamos, nos sorprendió que todas las personas que se veían por el hotel llevaran uniformes militares. Debían de ser oficiales, pues llevaban diferentes estrellas en las bocamangas. Un compañero aclaró que, si estábamos invitados por el gobierno, esta vez debíamos de estar alojados en un hotel militar. A partir de ese momento, nos ocurrió lo mismo en los restantes hoteles de Rumanía, es decir, todos eran militares.


Tomamos posesión de nuestras habitaciones y bajamos a comer. Tanto las habitaciones como el restaurante eran castrenses, por llamarles de alguna forma, pues la limpieza era escasa, si bien, el hotel estaba muy céntrico. Tras una corta siesta y al ver que no cesaba la lluvia, cogimos nuestros paraguas para el paseo previsto de toma de contacto con la ciudad.


Salíamos un pequeño grupo y por las circunstancias, iba yo el primero blandiendo el paraguas y abriéndolo, como procede justo en la puerta del hotel. Al mismo tiempo que lo desplegaba, se colgó de mi brazo derecho, el que sujetaba el paraguas, una gachí muy maja y sonriente. – ¿Para qué iba a desprenderme de semejante compañía?– pensé yo.


Me dejé guiar por ella observando que detrás nos seguía el grupito de mis compañeros que, por cierto, no me perdía de vista. A su vez vi que detrás de mis colegas iba otro grupo de rumanos metiendo bulla. Mi gachí acompañante de vez en cuando se volvía hacia ellos y les contestaba algo se supone que en rumano. Yo pensaba para mí, estos tíos están jodidos porque me he ligado a una rumana. Guiado por ella, acabamos en una cafetería de dos plantas, condu­ciéndome a la segunda, donde tomamos asiento en una mesa y pedimos al camarero algo para beber. El grupito de rumanos bullangueros se sentó en una mesa cercana a la nuestra.


Estaba tratando de entenderme con la chavala, cuando apareció otro camarero que resultó ser argentino. Éste me dijo que bajara un momento a la planta baja, donde estaban sentados mis compañeros, que casualmente los había atendido él. Le dije a la chica que enseguida volvía y bajé.


Mis compañeros enseguida me pusieron al tanto. La chica estaba compinchada con el grupo de rumanos que nos habían seguido con el fin de, en la primera ocasión, limpiarme la pasta.


El camarero argentino, que conocía el tema, enseguida se dio cuenta y puso a mis compañeros al día. Así que, dándole las gracias al argentino, pusimos pies en polvorosa. ¡Qué ilusos somos a veces los hombres! Y jodo, hasta en los países comunistas había este tipo de delincuencia. Claro, que el comportamiento de algunos inmigrantes rumanos en el siglo XXI en España, no es precisamente ejemplar.


 


Este no fue el único hispano americano que encontramos en nuestro viaje. En aquella época, supongo que por el efecto ‘Che Guevara’, los latinos eran muy propensos a viajar a los países del Este de Europa, así como los comunistas iban a aprender español a Cuba y otros países hispanoamericanos. Todo por el progreso del comunismo en el mundo.

De todas formas, pienso ahora, que con la entrada de Bulgaria y Rumanía en la UE, nos están dando lecciones de los aspectos negativos que encierran sus culturas. Como contraste, nuestros emigrantes en los años 50–70, nunca fueron un problema para los países donde se asentaron. Al revés, eran muy apreciados.