Para los aficionados a los huertos urbanos estoy escribiendo
otro blog (‘VIVA LA HORTICULTURA’). Su dirección es: https://mazarete.blogspot.com
Inicio este blog con motivo de la publicación del libro ‘Corría el año 1969’ ya hace casi 2 años. En ese año, en Madrid, un grupo de ingenieros agrónomos españoles tuvimos el atrevimiento de planear nuestro viaje fin de carrera a los países comunistas del Este de Europa.
domingo, 22 de noviembre de 2015
martes, 3 de noviembre de 2015
SUCEDIO EN BUDAPEST
Falta una epopeya que nos sucedió en Budapest.
Por la tarde nos dieron tiempo libre.
Avistamos un gran paseo por la orilla izquierda del Danubio, por donde circulaban
grupos de jóvenes aprovechando probablemente que era sábado tarde. La mayor
parte de los grupos eran o de hombres o de mujeres, pero no mixtos. Vamos, como
en España en aquellos tiempos. Así que teníamos nuestra oportunidad. Íbamos
Santiago, Ignacio y yo, con lo que nos propusimos intentar ligar con algún grupo
de tres féminas, haciendo uso de nuestros pequeños conocimientos de francés. El
inglés todavía no tenía la fuerza que tiene hoy. Al principio no había forma de
entablar conversación, no sabíamos si porque no hablaban francés (en Hungría se
hablaba, aparte de húngaro, sobre todo ruso y alemán), o por el hecho de ser
extranjeros. Pero la suerte finalmente nos favoreció. Vimos un grupo de tres
chavalas que nos miraban de reojo, acompañado de risitas entre ellas.
Santiago dijo:
–Es señal inequívoca de que quieren ligar,
al menos, así sería en España.
Y efectivamente, empezamos a chapurrear
con ellas en francés. Cuando se enteraron de que éramos españoles, lo primero
que querían saber es, qué era eso del toreo. Ignacio les dijo que tal era la
afición, que cada español tenía un papel en las corridas de toros y que lo
ejercía cuando, por riguroso turno, le tocaba. Ahí es nada.
Yo les decía:
–Santiago es toreador, Ignacio
banderillero y yo picador.
Explicándoles el papel de cada operario,
se miraban incrédulas entre sí, pero el apoyo de Ignacio y Santiago pareció
convencerlas. Fue buena entrada, pues por lo menos provocó risas y seguimos con
otros temas en un ambiente más relajado.
Yo era el que más esfuerzos hacía por
entenderlas. Así que, de sus propias conversaciones en húngaro, idioma raro por
cierto, iba pescando palabras que me permitía adelantarme y ayudar a lo que
nos querían decir. Pero al cabo de un rato dijeron que ya no querían seguir con
nosotros. Pidiéndoles explicaciones nos dijeron:
–Bueno, con vosotros (por Santiago e
Ignacio) no nos importaría, pero con vuestro compañero (es decir yo) no
queremos seguir.
-¿Cuál
es el problema? –les decía ofendido.
Al
principio hacían remilgos, pero finalmente confesaron a mis compañeros en un
aparte, que yo era de la policía secreta húngara.
¡Dios mío cómo pude dar esa sensación!
Buscando una explicación, aparte de mi fea cara, llegué a la conclusión de que
mi afán por entenderlas les pudo llevar a ese resultado. No era raro en un país
donde nadie se fiaba de nadie.
De todas formas mi afán de cordialidad con
la gente, en algunas ocasiones me ha dado disgustos por malentendidos. Cuando
te pasas en atenciones con ciertas personas se creen con derecho a más.
Desgraciadamente, en mi vida, cuando esto ha sucedido y me daba cuenta, ya era
tarde.
jueves, 10 de septiembre de 2015
OTRA DE COCHES (Serie investigación-2)
El mismo capataz de la historia anterior fue un día a
recoger su propio coche a la hora de salida del trabajo. Nuevamente no lo
encontraba, pero ¡córcholis! esta vez era más serio pues se trataba de su
propio coche. Claro, se había dejado las llaves a la vista en la repisa, pero
no esperaba que en su propio centro de trabajo le robaran su coche. Acudió
nuevamente al director para denunciarlo y se fue como pudo a su casa.
En la propia Unidad trabajaba un perito agrícola que trataba
de hacer la licenciatura en Ciencias Físicas en la Universidad de Zaragoza.
Para estudiar aprovechaba el tiempo nocturno y para ello se drogaba con lo que
podía. De tal forma que llegaba colocado al trabajo. Aquel día de los hechos, quizás
algo más pues tenía examen y debía ir a la Facultad. El caso es que seguía
colocado a la hora de salir del trabajo.
Su coche y el del capataz eran del mismo modelo. Se metió en
el coche del capataz y con sus propias llaves no conseguía arrancarlo. De repente
vio otras llaves en la repisa y con ellas arrancó y se fue directamente al
examen. A la salida del examen cogió el coche y lo aparcó en las cercanías de
su domicilio.
A la mañana siguiente, ya en mejores condiciones mentales,
no encontraba su propio coche ni en su casa ni en la Universidad y volvió como
pudo al trabajo. Allí lo esperaba el capataz que suponía lo que había ocurrido.
Y comentaba para sus adentros: ¡Qué jefes tengo!
jueves, 13 de agosto de 2015
EL CINTURÓN DEL FUNCIONARIO (Serie investigación-1)
Como todas las mañanas, el capataz de la Unidad fue al
garaje a coger el coche que utilizaba para bajar a la parcela experimental de
investigación agraria, junto al río Gállego, en Zaragoza. Al no encontrarlo
tuvo que solicitar otro coche para poder hacer su labor y por supuesto
denunciar al director del Centro de Investigación su desaparición.
Una vez en la parcela y dando una vuelta a su alrededor, vio
que el coche perdido se encontraba en un camino abrupto y sin salida, entre el
boscaje de ribera del río. Se acercó al coche, no sin prevención, pues estaba
medio atascado y con las dos puertas delanteras abiertas de par en par.
Ya dentro del coche, un Renault 4L de los años 70, vio que
las llaves de contacto se encontraban en su lugar. En el asiento del
acompañante había abandonado un cinturón de pantalón de hombre. Puertas
abiertas, camino entre boscaje, llaves puestas, cinturón de hombre. El capataz
sin dudarlo pensó: encuentro de pareja abortado ante la presencia de alguna
otra persona. La pareja debió de tener que abandonar precipitadamente el asunto,
caminando a pie, de malas maneras por la orilla del rio, y el hombre, claro, sujetándose
los pantalones
Con estas suposiciones, el capataz recogió el coche y acudió
con la noticia de su recuperación al director, a quien entrego el cinturón.
Éste le dio la orden de no comentar nada a este respecto.
El director, por el tamaño del cinturón, supuso que el
funcionario debía de ser más bien delgado. Con esta premisa empezó a observar a
los varones del centro, entre los que me encontraba yo, que casualmente era de
la misma Unidad que el coche desaparecido. Después del consiguiente
interrogatorio fui descartado y siguió la búsqueda por otras Unidades.
Parece ser, pues con certeza no llegó a saberse, que el
hombre era de otra Unidad del Centro, pero, claro, si el coche era de nuestra
Unidad la mujer debía de ser de nuestra propia Unidad. ¡Caramba, caramba!
lunes, 10 de agosto de 2015
COMUNISTAS ESPAÑOLES EN RUMANÍA
Proseguimos haciendo
nuestra valoración del viaje.
–Y la desaparición de Carlos Shepherd– me decía Santiago– probablemente en la búsqueda de sus colegas del PC.
Este
hecho merece la pena ser contado.
En
cuanto a Carrillo, entonces eran conjeturas, pero luego se supo que estaba
residiendo habitualmente en algún lugar de Rumania, cuyo gobierno le financiaba
sus actividades. Entre ellas, la más conocida la emisión desde este país de
Radio Pirenaica. Si Sherperd había salido en Mundo Obrero, ¿no tendría la
misión de dirigirse a los universitarios españoles desde Radio Pirenaica?
–Y la desaparición de Carlos Shepherd– me decía Santiago– probablemente en la búsqueda de sus colegas del PC.
El 26 de julio, en ese paseo por Bucarest se nos unió Ignacio, el
compañero de habitación de Carlos Shepherd, que quería contarnos algo. Ignacio
nos dijo que Carlos le había comentado, que la pasada noche y seguramente
algunas de las siguientes, no iba a dormir en el hotel pues tenía cosas más
‘importantes’ que hacer. De hecho, no lo habíamos visto en todo el día.
Santiago le dijo a Ignacio:
–Tranquilo, mejor vas a dormir.
–Sí, pero no sé cómo decírselo a Don Joaquín.
–Pues simplemente díselo con las mismas palabras que nos has dicho
a nosotros.
–Sí, pero yo fui quién porfió ante Don
Joaquín para que lo aceptase para el viaje, a pesar de que no era estudiante de
agrónomos. Santiago se quedó pensativo y, al cabo, le preguntó a Ignacio:
– ¿Este tío no es del PC?
–Sí, de hecho ha aparecido su foto, convenientemente disfrazado
para no ser reconocido, en la revista ‘Mundo Obrero’, como ejemplo de
estudiante comprometido con el PC.
–Pues no me digas más. ¿No reside en Rumania Santiago Carrillo?
–Creo que sí. –Contestaba Ignacio–. Además, Sherperd era de los
que en el año 64 iba al frente de una manifestación cuyo lema era: ‘Anda jaleo,
jaleo, los estudiantes despiertan y el SEU se va a paseo’, producto de la cual
desapareció este sindicato, aunque quedaron los comedores estudiantiles, que
todos seguíamos llamando del SEU, y que nos hacían un buen servicio.
miércoles, 29 de julio de 2015
RUMANIA (Paraíso en Mamaia e Infierno comunista en el delta del Danubio)
La noche no parecía que nos diera sueño,
así que seguimos haciendo nuestra valoración del viaje.
–Sin embargo, en el hotel Majestic, en Mamaia, nos hicieron una recepción
paradisíaca, imposible de creer para unos jóvenes graduados como éramos
nosotros– me comentaba Santiago.
–Pues sí– corroboraba yo y añadía– Sin embargo, desde ese hotel nos
llevaron al delta del Danubio, donde tuvimos una visión del infierno comunista,
que en este momento todavía me sigue dando escalofríos.
La recepción paradisíaca
en el Majestic merece ser contada.
Pasamos
por el enclave turístico de Vama Veche y acabamos en una nueva zona turística,
Mamaia, al norte de la ciudad de Constanza, otra vez en el Mar Negro. Llegamos
a mediodía al hotel Majestic y, tras tomar posesión de nuestras habitaciones,
pasamos a comer al restaurante.
Todos
bajamos emocionados del lujo de las habitaciones, y la sorpresa fue aún mayor
al ver el impresionante salón comedor. Era amplísimo, tenía el techo sobre
elevado y uno de los laterales, el que daba a la playa, prácticamente acristalado.
Y nuevamente estaba repleto de turistas del Este.
Como
en cada restaurante de los que veníamos disfrutando desde Yugoslavia, en el
propio salón había una orquesta que amenizaba los ágapes. Y lo mejor es que
durante toda la semana en Rumanía estábamos totalmente invitados por el
gobierno Rumano, presidido por el tristemente célebre Ceaucescu. Por la tarde,
nuevamente disfrutamos de las playas del Mar Negro cada vez con más confianza.
La
cena fue un preludio de las variadas sorpresas que nos tenía preparadas el
gobierno rumano. El servicio de camareros nos sirvió a nosotros y a los
innumerables turistas soviéticos un menú incomparable. A la llegada de los
postres, la orquesta dejó de tocar, se apagaron las luces, y de la cocina
empezó a salir una numerosa fila de camareros con bandejas en alto y flameadas,
de tal forma que gracias a ellas veíamos el curso de los acontecimientos. Se
oyó un ¡Ooooh! en toda la sala. Empezamos a comentar entre nosotros que debería
haber alguien importante entre los soviéticos, pero para nuestra sorpresa
atravesaron sus mesas y se dirigieron a las nuestras. ¡Las bandejas eran
primero para nosotros! No cabíamos en sí de gozo. Don Joaquín y su señora
estaban más emocionados que nosotros. Empezaron a servirles a los dos y luego
al resto del grupo. La orquesta empezó a tocar aires españoles. Los soviéticos
nos aplaudían. Era imposible de creer.
Pero el viaje
por el delta del Danubio nos abrió los ojos al infierno comunista.
El
jueves 24 de julio teníamos programada una visita turística por el gobierno
rumano. Consistía en paseo en barco durante todo el día por el delta del
Danubio (delta Dunari, en rumano), que se encontraba en las proximidades,
llegando a la desembocadura en el mar Negro y volviendo al punto de origen.
Embarcamos
en un pequeño navío, reservado en exclusiva para nosotros, y empezamos a
recorrer el río. A medida que avanzábamos, las dos orillas se fueron poblando
de unos altos cañaverales que podrían alcanzar más de cuatro metros, de tal
forma que parecía que estuviéramos circulando por un gran túnel vegetal, desde
el que no veíamos nada salvo el agua.
Turismo en barco por el delta del Danubio
Cañaverales en el delta del Danubio
También pescadores
Íbamos
entretenidos tratando de avistar algún pez desde la cubierta cuando de repente,
a nuestra izquierda apareció un gran claro. En él pudimos observar varias
decenas de hombres, sudorosos y con el torso desnudo, cortando las cañas junto
a la orilla, vigilados por soldados con metralletas. Los hombres se quedaron
parados, suspendiendo su trabajo, y observándonos en silencio, con caras serías
y lastimosas por el duro trabajo que estaban haciendo. Nosotros también
contuvimos nuestra respiración, y también nos quedamos callados por un corto
período de tiempo, que nos pareció una eternidad. Estábamos a escasos metros
unos de otros.
Santiago
dijo:
–Parece
un campo de trabajo.
Nadie
contesto. Salvo el capitán del barco que aclaró en rumano, pero que todos
pudimos entender:
–Esa
es zona soviética.
Y
viendo que algunos nos disponíamos a sacar nuestras instantáneas, aclaró:
–No
se pueden hacer fotos.
Los
soldados, amenazándoles con sus armas, empezaron a gritar a los cortadores de
caña, que no tuvieron más remedio que volver a su trabajo. Y finalmente los
perdimos de vista con el avance del barco.
Don
Joaquín, después de hablar con el capitán, nos aclaró que la orilla izquierda
era soviética y la derecha rumana.
Santiago,
comento:
–A
saber dónde tendrán los rumanos sus campos de trabajo.
Estuvimos
algún tiempo anonadados haciendo comentarios sobre el asunto. Carlos Sherpherd
apenas abrió la boca. Hasta que de cocina nos avisaron para la comida, que nos
iba a ser servida en la cubierta del barco, pero a la sombra de toldos
preparados al efecto, lo que no era desdeñable por el fuerte calor húmedo
ambiental. Y más después de haber visto las condiciones de trabajo de los
presos. La comida estuvo a la altura de las precedentes, con el encanto añadido
del lugar de servicio, que pronto nos hizo olvidar la experiencia anterior.
A
la vuelta, debimos de circular por otro de los múltiples canales del Danubio,
pues no pasamos por la zona del campo de trabajo. O bien, los presos habían
acabado su desgraciada jornada.
Contando
esta historia en el siglo XXI, alguien me decía que también Franco tuvo un
campo de trabajo en el Valle de los Caídos. Claro, es cierto, pero en 1969 en
ningún país occidental existían campos de trabajo. Y además, basta acudir a los
escritos del premio Nobel de Literatura 1970, Alexander Solyenitzin, en
concreto al libro Archipiélago Gulag, para saber las barbaridades que hicieron
los soviéticos con los disidentes.
Curiosamente,
Solyenitzin fue tan clarividente como para criticar, después de su vida en
occidente, el capital liberalismo que ahora sufrimos.
viernes, 26 de junio de 2015
ENGAÑOS EN RUMANIA
Volviendo a la última noche de
Budapest, mi compañero Santiago me seguía comentando eventos, esta vez sobre el
país siguiente en nuestro viaje: Rumanía.
–Pues – me decía Santiago– que no sé si por el idioma, los rumanos me
resultan más simpáticos, más latinos, como la historia nos enseña. ¿En dónde se
iba a permitir un camarero gritarnos: ¡Franco Caudillo!?
– ¿Y qué me dices de la buscona y su comparsa que estuvieron a punto de
engañarme?- Le comentaba yo.
– ¡Cómo que engañarte! –Me decía Santiago– Si no hubiera sido por el
camarero argentino y nosotros, habrías caído en sus redes. No sé con qué
consecuencias, teniendo en cuenta los curiosos acompañantes que llevaba.
–Parece mentira que este negocio también exista en los países comunistas.
El asunto de la buscona y sus acompañantes merece
la pena de ser contada:
Después de la visita a unos invernaderos, llegamos a tiempo al autobús,
pues empezó a llover, y así siguió hasta Bucarest. Nos alojamos en el entonces
denominado Hotel Unión, situado en la calle 13 de septiembre (supongo que tras
la caída del muro, el hotel y la calle tendrán otro nombre). Cuando llegamos,
nos sorprendió que todas las personas que se veían por el hotel llevaran
uniformes militares. Debían de ser oficiales, pues llevaban diferentes
estrellas en las bocamangas. Un compañero aclaró que, si estábamos invitados
por el gobierno, esta vez debíamos de estar alojados en un hotel militar. A
partir de ese momento, nos ocurrió lo mismo en los restantes hoteles de
Rumanía, es decir, todos eran militares.
Tomamos posesión de nuestras habitaciones y bajamos a comer. Tanto las
habitaciones como el restaurante eran castrenses, por llamarles de alguna
forma, pues la limpieza era escasa, si bien, el hotel estaba muy céntrico. Tras
una corta siesta y al ver que no cesaba la lluvia, cogimos nuestros paraguas
para el paseo previsto de toma de contacto con la ciudad.
Salíamos un pequeño grupo y por las circunstancias, iba yo el primero
blandiendo el paraguas y abriéndolo, como procede justo en la puerta del hotel.
Al mismo tiempo que lo desplegaba, se colgó de mi brazo derecho, el que
sujetaba el paraguas, una gachí muy maja y sonriente. – ¿Para qué iba a
desprenderme de semejante compañía?– pensé yo.
Me dejé guiar por ella observando que detrás nos seguía el grupito de mis
compañeros que, por cierto, no me perdía de vista. A su vez vi que detrás de
mis colegas iba otro grupo de rumanos metiendo bulla. Mi gachí acompañante de
vez en cuando se volvía hacia ellos y les contestaba algo se supone que en
rumano. Yo pensaba para mí, estos tíos están jodidos porque me he ligado a una
rumana. Guiado por ella, acabamos en una cafetería de dos plantas, conduciéndome
a la segunda, donde tomamos asiento en una mesa y pedimos al camarero algo para
beber. El grupito de rumanos bullangueros se sentó en una mesa cercana a la
nuestra.
Estaba tratando de entenderme con la chavala, cuando apareció otro camarero
que resultó ser argentino. Éste me dijo que bajara un momento a la planta baja,
donde estaban sentados mis compañeros, que casualmente los había atendido él.
Le dije a la chica que enseguida volvía y bajé.
Mis compañeros enseguida me pusieron al tanto. La chica estaba compinchada
con el grupo de rumanos que nos habían seguido con el fin de, en la primera
ocasión, limpiarme la pasta.
El camarero argentino, que conocía el tema, enseguida se dio cuenta y puso
a mis compañeros al día. Así que, dándole las gracias al argentino, pusimos
pies en polvorosa. ¡Qué ilusos somos a veces los hombres! Y jodo, hasta en los
países comunistas había este tipo de delincuencia. Claro, que el comportamiento
de algunos inmigrantes rumanos en el siglo XXI en España, no es precisamente
ejemplar.
Este no fue el único hispano americano que
encontramos en nuestro viaje. En aquella época, supongo que por el efecto ‘Che
Guevara’, los latinos eran muy propensos a viajar a los países del Este de
Europa, así como los comunistas iban a aprender español a Cuba y otros países
hispanoamericanos. Todo por el progreso del comunismo en el mundo.
De todas formas, pienso ahora, que con la
entrada de Bulgaria y Rumanía en la UE, nos están dando lecciones de los
aspectos negativos que encierran sus culturas. Como contraste, nuestros
emigrantes en los años 50–70, nunca fueron un problema para los países donde se
asentaron. Al revés, eran muy apreciados.
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