jueves, 10 de septiembre de 2015

OTRA DE COCHES (Serie investigación-2)



El mismo capataz de la historia anterior fue un día a recoger su propio coche a la hora de salida del trabajo. Nuevamente no lo encontraba, pero ¡córcholis! esta vez era más serio pues se trataba de su propio coche. Claro, se había dejado las llaves a la vista en la repisa, pero no esperaba que en su propio centro de trabajo le robaran su coche. Acudió nuevamente al director para denunciarlo y se fue como pudo a su casa.

En la propia Unidad trabajaba un perito agrícola que trataba de hacer la licenciatura en Ciencias Físicas en la Universidad de Zaragoza. Para estudiar aprovechaba el tiempo nocturno y para ello se drogaba con lo que podía. De tal forma que llegaba colocado al trabajo. Aquel día de los hechos, quizás algo más pues tenía examen y debía ir a la Facultad. El caso es que seguía colocado a la hora de salir del trabajo.

Su coche y el del capataz eran del mismo modelo. Se metió en el coche del capataz y con sus propias llaves no conseguía arrancarlo. De repente vio otras llaves en la repisa y con ellas arrancó y se fue directamente al examen. A la salida del examen cogió el coche y lo aparcó en las cercanías de su domicilio.

A la mañana siguiente, ya en mejores condiciones mentales, no encontraba su propio coche ni en su casa ni en la Universidad y volvió como pudo al trabajo. Allí lo esperaba el capataz que suponía lo que había ocurrido. Y comentaba para sus adentros: ¡Qué jefes tengo!

 

jueves, 13 de agosto de 2015

EL CINTURÓN DEL FUNCIONARIO (Serie investigación-1)


(Con esta primera entrada inauguro una serie, que será intercalada, de historias curiosas de un centro de investigación agraria y de investigación en general)

Como todas las mañanas, el capataz de la Unidad fue al garaje a coger el coche que utilizaba para bajar a la parcela experimental de investigación agraria, junto al río Gállego, en Zaragoza. Al no encontrarlo tuvo que solicitar otro coche para poder hacer su labor y por supuesto denunciar al director del Centro de Investigación su desaparición.

Una vez en la parcela y dando una vuelta a su alrededor, vio que el coche perdido se encontraba en un camino abrupto y sin salida, entre el boscaje de ribera del río. Se acercó al coche, no sin prevención, pues estaba medio atascado y con las dos puertas delanteras abiertas de par en par.

Ya dentro del coche, un Renault 4L de los años 70, vio que las llaves de contacto se encontraban en su lugar. En el asiento del acompañante había abandonado un cinturón de pantalón de hombre. Puertas abiertas, camino entre boscaje, llaves puestas, cinturón de hombre. El capataz sin dudarlo pensó: encuentro de pareja abortado ante la presencia de alguna otra persona. La pareja debió de tener que abandonar precipitadamente el asunto, caminando a pie, de malas maneras por la orilla del rio, y el hombre, claro, sujetándose los pantalones

Con estas suposiciones, el capataz recogió el coche y acudió con la noticia de su recuperación al director, a quien entrego el cinturón. Éste le dio la orden de no comentar nada a este respecto.

El director, por el tamaño del cinturón, supuso que el funcionario debía de ser más bien delgado. Con esta premisa empezó a observar a los varones del centro, entre los que me encontraba yo, que casualmente era de la misma Unidad que el coche desaparecido. Después del consiguiente interrogatorio fui descartado y siguió la búsqueda por otras Unidades.

Parece ser, pues con certeza no llegó a saberse, que el hombre era de otra Unidad del Centro, pero, claro, si el coche era de nuestra Unidad la mujer debía de ser de nuestra propia Unidad. ¡Caramba, caramba!

 

 

 

 

lunes, 10 de agosto de 2015

COMUNISTAS ESPAÑOLES EN RUMANÍA

             Proseguimos haciendo nuestra valoración del viaje.
 
–Y la desaparición de Carlos Shepherd– me decía Santiago– probablemente en la búsqueda de sus colegas del PC.

                 Este hecho merece la pena ser contado.

El 26 de julio, en ese paseo por Bucarest se nos unió Ignacio, el compañero de habitación de Carlos Shepherd, que quería contarnos algo. Ignacio nos dijo que Carlos le había comentado, que la pasada noche y seguramente algunas de las siguientes, no iba a dormir en el hotel pues tenía cosas más ‘importantes’ que hacer. De hecho, no lo habíamos visto en todo el día.

Santiago le dijo a Ignacio:

–Tranquilo, mejor vas a dormir.

–Sí, pero no sé cómo decírselo a Don Joaquín.

–Pues simplemente díselo con las mismas palabras que nos has dicho a nosotros.

–Sí, pero yo fui quién porfió ante Don Joaquín para que lo aceptase para el viaje, a pesar de que no era estudiante de agrónomos. Santiago se quedó pensativo y, al cabo, le preguntó a Ignacio:

– ¿Este tío no es del PC?

–Sí, de hecho ha aparecido su foto, convenientemente disfrazado para no ser reconocido, en la revista ‘Mundo Obrero’, como ejemplo de estudiante comprometido con el PC.

–Pues no me digas más. ¿No reside en Rumania Santiago Carrillo?

–Creo que sí. –Contestaba Ignacio–. Además, Sherperd era de los que en el año 64 iba al frente de una manifestación cuyo lema era: ‘Anda jaleo, jaleo, los estudiantes despiertan y el SEU se va a paseo’, producto de la cual desapareció este sindicato, aunque quedaron los comedores estudian­tiles, que todos seguíamos llamando del SEU, y que nos hacían un buen servicio.

 
En cuanto a Carrillo, entonces eran conjeturas, pero luego se supo que estaba residiendo habitualmente en algún lugar de Rumania, cuyo gobierno le financiaba sus activi­dades. Entre ellas, la más conocida la emisión desde este país de Radio Pirenaica. Si Sherperd había salido en Mundo Obrero, ¿no tendría la misión de dirigirse a los universi­tarios españoles desde Radio Pirenaica?

 

 

 

miércoles, 29 de julio de 2015

RUMANIA (Paraíso en Mamaia e Infierno comunista en el delta del Danubio)


 

La noche no parecía que nos diera sueño, así que seguimos haciendo nuestra valoración del viaje.

 

–Sin embargo, en el hotel Majestic, en Mamaia, nos hicieron una recepción paradisíaca, imposible de creer para unos jóvenes graduados como éramos nosotros– me comentaba Santiago.


–Pues sí– corroboraba yo y añadía– Sin embargo, desde ese hotel nos llevaron al delta del Danubio, donde tuvimos una visión del infierno comunista, que en este momento todavía me sigue dando escalofríos.


 

La recepción paradisíaca en el Majestic merece ser contada.

Pasamos por el enclave turístico de Vama Veche y acabamos en una nueva zona turística, Mamaia, al norte de la ciudad de Constanza, otra vez en el Mar Negro. Llegamos a mediodía al hotel Majestic y, tras tomar posesión de nuestras habitaciones, pasamos a comer al restaurante.

Todos bajamos emocionados del lujo de las habitaciones, y la sorpresa fue aún mayor al ver el impresionante salón comedor. Era amplísimo, tenía el techo sobre elevado y uno de los laterales, el que daba a la playa, prácticamente acris­talado. Y nuevamente estaba repleto de turistas del Este.

Como en cada restaurante de los que veníamos disfru­tando desde Yugoslavia, en el propio salón había una orquesta que amenizaba los ágapes. Y lo mejor es que durante toda la semana en Rumanía estábamos totalmente invitados por el gobierno Rumano, presidido por el tristemente célebre Ceaucescu. Por la tarde, nuevamente disfrutamos de las playas del Mar Negro cada vez con más confianza.

La cena fue un preludio de las variadas sorpresas que nos tenía preparadas el gobierno rumano. El servicio de camareros nos sirvió a nosotros y a los innumerables turistas soviéticos un menú incomparable. A la llegada de los postres, la orquesta dejó de tocar, se apagaron las luces, y de la cocina empezó a salir una numerosa fila de camareros con bandejas en alto y flameadas, de tal forma que gracias a ellas veíamos el curso de los acontecimientos. Se oyó un ¡Ooooh! en toda la sala. Empezamos a comentar entre nosotros que debería haber alguien importante entre los soviéticos, pero para nuestra sorpresa atravesaron sus mesas y se dirigieron a las nuestras. ¡Las bandejas eran primero para nosotros! No cabíamos en sí de gozo. Don Joaquín y su señora estaban más emocionados que nosotros. Empezaron a servirles a los dos y luego al resto del grupo. La orquesta empezó a tocar aires españoles. Los soviéticos nos aplaudían. Era imposible de creer.

 

 

Pero el viaje por el delta del Danubio nos abrió los ojos al infierno comunista.

El jueves 24 de julio teníamos programada una visita turística por el gobierno rumano. Consistía en paseo en barco durante todo el día por el delta del Danubio (delta Dunari, en rumano), que se encontraba en las proximidades, llegando a la desembocadura en el mar Negro y volviendo al punto de origen.

Embarcamos en un pequeño navío, reservado en exclu­siva para nosotros, y empezamos a recorrer el río. A medida que avanzábamos, las dos orillas se fueron poblando de unos altos cañaverales que podrían alcanzar más de cuatro metros, de tal forma que parecía que estuviéramos circu­lando por un gran túnel vegetal, desde el que no veíamos nada salvo el agua.
 
Turismo en barco por el delta del Danubio


 
Cañaverales en el delta del Danubio


 
También pescadores

Íbamos entretenidos tratando de avistar algún pez desde la cubierta cuando de repente, a nuestra izquierda apareció un gran claro. En él pudimos observar varias decenas de hombres, sudorosos y con el torso desnudo, cortando las cañas junto a la orilla, vigilados por soldados con metralletas. Los hombres se quedaron parados, suspendiendo su trabajo, y observándonos en silencio, con caras serías y lastimosas por el duro trabajo que estaban haciendo. Nosotros también contuvimos nuestra respiración, y también nos quedamos callados por un corto período de tiempo, que nos pareció una eternidad. Estábamos a escasos metros unos de otros.

Santiago dijo:

–Parece un campo de trabajo.

Nadie contesto. Salvo el capitán del barco que aclaró en rumano, pero que todos pudimos entender:

–Esa es zona soviética.

Y viendo que algunos nos disponíamos a sacar nuestras instantáneas, aclaró:

–No se pueden hacer fotos.

Los soldados, amenazándoles con sus armas, empezaron a gritar a los cortadores de caña, que no tuvieron más remedio que volver a su trabajo. Y finalmente los perdimos de vista con el avance del barco.

Don Joaquín, después de hablar con el capitán, nos aclaró que la orilla izquierda era soviética y la derecha rumana.

Santiago, comento:

–A saber dónde tendrán los rumanos sus campos de trabajo.

Estuvimos algún tiempo anonadados haciendo comen­tarios sobre el asunto. Carlos Sherpherd apenas abrió la boca. Hasta que de cocina nos avisaron para la comida, que nos iba a ser servida en la cubierta del barco, pero a la sombra de toldos preparados al efecto, lo que no era desde­ñable por el fuerte calor húmedo ambiental. Y más después de haber visto las condiciones de trabajo de los presos. La comida estuvo a la altura de las precedentes, con el encanto añadido del lugar de servicio, que pronto nos hizo olvidar la experiencia anterior.

A la vuelta, debimos de circular por otro de los múlti­ples canales del Danubio, pues no pasamos por la zona del campo de trabajo. O bien, los presos habían acabado su des­graciada jornada.

Contando esta historia en el siglo XXI, alguien me decía que también Franco tuvo un campo de trabajo en el Valle de los Caídos. Claro, es cierto, pero en 1969 en ningún país occidental existían campos de trabajo. Y además, basta acudir a los escritos del premio Nobel de Literatura 1970, Alexander Solyenitzin, en concreto al libro Archipiélago Gulag, para saber las barbaridades que hicieron los sovié­ticos con los disidentes.

Curiosamente, Solyenitzin fue tan clarividente como para criticar, después de su vida en occidente, el capital liberalismo que ahora sufrimos.

 

 

viernes, 26 de junio de 2015

ENGAÑOS EN RUMANIA

 

Volviendo a la última noche de Budapest, mi compañero Santiago me seguía comentando eventos, esta vez sobre el país siguiente en nuestro viaje: Rumanía.
 
 

 

–Pues – me decía Santiago– que no sé si por el idioma, los rumanos me resultan más simpáticos, más latinos, como la historia nos enseña. ¿En dónde se iba a permitir un camarero gritarnos: ¡Franco Caudillo!?


– ¿Y qué me dices de la buscona y su comparsa que estuvieron a punto de engañarme?- Le comentaba yo.


– ¡Cómo que engañarte! –Me decía Santiago– Si no hubiera sido por el camarero argentino y nosotros, habrías caído en sus redes. No sé con qué consecuencias, teniendo en cuenta los curiosos acompañantes que llevaba.


–Parece mentira que este negocio también exista en los países comunistas.


 

El asunto de la buscona y sus acompañantes merece la pena de ser contada:

Después de la visita a unos invernaderos, llegamos a tiempo al autobús, pues empezó a llover, y así siguió hasta Bucarest. Nos alojamos en el entonces denominado Hotel Unión, situado en la calle 13 de septiembre (supongo que tras la caída del muro, el hotel y la calle tendrán otro nombre). Cuando llegamos, nos sorprendió que todas las personas que se veían por el hotel llevaran uniformes militares. Debían de ser oficiales, pues llevaban diferentes estrellas en las bocamangas. Un compañero aclaró que, si estábamos invitados por el gobierno, esta vez debíamos de estar alojados en un hotel militar. A partir de ese momento, nos ocurrió lo mismo en los restantes hoteles de Rumanía, es decir, todos eran militares.


Tomamos posesión de nuestras habitaciones y bajamos a comer. Tanto las habitaciones como el restaurante eran castrenses, por llamarles de alguna forma, pues la limpieza era escasa, si bien, el hotel estaba muy céntrico. Tras una corta siesta y al ver que no cesaba la lluvia, cogimos nuestros paraguas para el paseo previsto de toma de contacto con la ciudad.


Salíamos un pequeño grupo y por las circunstancias, iba yo el primero blandiendo el paraguas y abriéndolo, como procede justo en la puerta del hotel. Al mismo tiempo que lo desplegaba, se colgó de mi brazo derecho, el que sujetaba el paraguas, una gachí muy maja y sonriente. – ¿Para qué iba a desprenderme de semejante compañía?– pensé yo.


Me dejé guiar por ella observando que detrás nos seguía el grupito de mis compañeros que, por cierto, no me perdía de vista. A su vez vi que detrás de mis colegas iba otro grupo de rumanos metiendo bulla. Mi gachí acompañante de vez en cuando se volvía hacia ellos y les contestaba algo se supone que en rumano. Yo pensaba para mí, estos tíos están jodidos porque me he ligado a una rumana. Guiado por ella, acabamos en una cafetería de dos plantas, condu­ciéndome a la segunda, donde tomamos asiento en una mesa y pedimos al camarero algo para beber. El grupito de rumanos bullangueros se sentó en una mesa cercana a la nuestra.


Estaba tratando de entenderme con la chavala, cuando apareció otro camarero que resultó ser argentino. Éste me dijo que bajara un momento a la planta baja, donde estaban sentados mis compañeros, que casualmente los había atendido él. Le dije a la chica que enseguida volvía y bajé.


Mis compañeros enseguida me pusieron al tanto. La chica estaba compinchada con el grupo de rumanos que nos habían seguido con el fin de, en la primera ocasión, limpiarme la pasta.


El camarero argentino, que conocía el tema, enseguida se dio cuenta y puso a mis compañeros al día. Así que, dándole las gracias al argentino, pusimos pies en polvorosa. ¡Qué ilusos somos a veces los hombres! Y jodo, hasta en los países comunistas había este tipo de delincuencia. Claro, que el comportamiento de algunos inmigrantes rumanos en el siglo XXI en España, no es precisamente ejemplar.


 


Este no fue el único hispano americano que encontramos en nuestro viaje. En aquella época, supongo que por el efecto ‘Che Guevara’, los latinos eran muy propensos a viajar a los países del Este de Europa, así como los comunistas iban a aprender español a Cuba y otros países hispanoamericanos. Todo por el progreso del comunismo en el mundo.

De todas formas, pienso ahora, que con la entrada de Bulgaria y Rumanía en la UE, nos están dando lecciones de los aspectos negativos que encierran sus culturas. Como contraste, nuestros emigrantes en los años 50–70, nunca fueron un problema para los países donde se asentaron. Al revés, eran muy apreciados.

 

domingo, 24 de mayo de 2015

PROYECTO FALLIDO.


Resulta que una mañana de domingo habíamos salido un grupo de amigos a dar un paseo por el campo, senderismo le llaman, y tras el ejercicio, o con él como excusa, recalamos en el bar de un pueblo a almorzar. Después de trajinarnos los correspondientes huevos fritos con chorizo (realmente este era el principal objetivo del paseo), empezamos a caer en la cuenta de que las paredes del bar estabas decoradas con algunas fotos en blanco y negro. De esas que todos hemos visto en la prensa cuando se publican avistamientos de ovnis. Preguntado el camarero y dueño del bar, nos dijo que como aficionado pertenecía a una asociación para estudiar aterrizaje de ovnis. Los socios acostumbraban, entre otras actividades, a trasladarse a los lugares donde se podía haber visto algo raro y encuestaban a los paisanos y hacían sus informes para el grupo de aficionados. Entrando en materia le preguntamos si alguna vez se había llegado a hablar con los alienígenas. Nos contestó afirmativamente y que la comunicación se hacia por una especie de telepatía. El caso es que, después de disquisiciones varias, alguien le pregunto:


-¿Y qué es lo que los alienígenas piensan de la humanidad?

El aficionado respondió:

-Sencillamente, que somos un proyecto fallido.

 

 ¿Alguien podría resumir mejor la situación en dos palabras: proyecto fallido? Para mi fue una suerte de revelación, pues eso explicaba muchísimas cosas. Y claro, desde entonces creo en los alienígenas. Aunque les pido a esos seres que dejen, por favor, de hacer experimentos con los humanos.

 

Adenda:

 

En realidad hasta la Biblia concuerda con esta historia. Hubo ángeles que se rebelaron ante Dios en la creación y, ya como demonios, andan dando mal a la humanidad.

 

miércoles, 13 de mayo de 2015

LOS SEFARDITAS BÚLGAROS


 
Como ya adelantamos en la entrada anterior de este blog en Bulgaria encontramos a sefarditas que hablaban el ladino o judeo-español. Transcribo de mi libro:

El lunes 21 de julio de 1969, tras desayunar, emprendimos el camino a Veliko Tarnovo, camino de Varna, en la costa búlgara. En el trayecto supimos, por palabras del guía, que habíamos estado en un enclave muy antiguo y con mucha historia, Plovdiv que deriva del griego Philipopolis. Nombre que le fue dado por Filipo II, padre de Alejandro Magno.


Tarnovo también resultó un lugar muy especial. Aparte de su historia y belleza medieval, fue nuestro encuentro con la cultura sefardí.


Al llegar a Tarnovo atravesamos un puente medieval muy espectacular, pues se encuentra sobre un profundo tajo escavado por el río Yantra, que rodea en su mayor parte a la ciudad. Cuando enfilamos el puente, divisamos a ambos lados, encaramadas en las laderas de la montaña, casas muy pintorescas que tenían un aspecto medieval. De alguna forma, el entorno resultaba parecido al tristemente célebre puente de Mostar, en Bosnia Herzegovina, que fue volado por los serbios durante la reciente guerra balcánica, y reconstruido por las tropas españolas posteriormente.


En Tarnovo solo paramos a comer, pero después nos dio tiempo para dar una vuelta por las tiendas que, a uno y otro lado de la calle de acceso a partir del puente, ofrecían sus mercancías en tenderetes. Aquello parecía un puro mercado medieval. Cual fue nuestra sorpresa, al saber que la mayor parte de las tiendas estaban regentadas por judíos sefardíes. Al oírnos hablar en español, se enrollaban con nosotros hablándonos en ladino, que a nosotros nos sonaba como castellano antiguo pero que nos permitía entendernos con ellos.


Una mujer joven llamada Daniela nos dijo que su padre se llamaba Abraham Escojido (curioso apellido que ella pronunciaba Escoyido), y que sus oraciones eran en ladino, y utilizaba además muchas palabras claramente españolas. En aquel momento nos hubiera gustado tener el tiempo suficiente para poder seguir charlando con esa gente tan amistosa, un rastro más, en un lugar perdido de Bulgaria, de nuestra querida España, pero nos llamaron al autobús y tuvimos que dejarlo no sin cierta pena.


Nuevamente en camino, comentábamos la diversidad de religiones que hay en el mundo dando cobijo a la gente. Hoy en día hay algunas personas que se declaran ateas y me apiado de ellas. Pocos años después, aprendí del sabio indio o hindú J. Krishnamurti, que, espero traducirlo bien, ‘¿Quién puede vivir en este mundo con una familia y responsabilidades, sin una sombra de protección?’ Las diversas religiones cumplen mejor o peor esa función de protección.


Los educados cristianamente, al menos yo, necesitamos orar, meditar. Los ritos de las iglesias no son para mí. Pero si hay una cosa que me complace de ellas, es el silencio que, en algunas ocasiones, tienen y permiten esa oración. Bien es verdad que cada vez es más frecuente que las iglesias desgraciadamente permanezcan más tiempo cerradas que abiertas.


 


Y ahora desde la actualidad.

En abril de 2015 supe por casualidad que un judío búlgaro iba a dar una conferencia en Zaragoza y fui a escucharlo.

Según nos contó, los judíos sefarditas en Bulgaria eran numerosos durante la segunda guerra mundial. Lo curioso era que estaban tan integrados en la sociedad que la población búlgara los protegió de los nazis, salvándose de los horrendos crematorios.

En fin, podría dar otros detalles de su charla pero opto por un chiste realista que nos contó.

Pasada la segunda guerra mundial, e instalados  los comunistas en el país, un sefardita se presentó ante el comisario político de su zona para pedir un permiso con el fin de volver a la tierra prometida, Israel.

El comisario, extrañado, le preguntó cuál era la causa de que quisiera abandonar Bulgaria con lo bien que habían sido tratados y protegidos durante la dominación nazi.

Noé, así se llamaba el judío, le dijo que había dos razones para irse.

-¿Cuál es la primera, Noé?

-Comisario, que si vuelven los nazis otra vez, nadie nos va a salvar de  los crematorios.

-Noé, para que eso no ocurra ya estamos los comunistas. ¿Pero, cuál es la segunda razón para querer marcharte?

-La segunda es que no me fio de la protección de los comunistas.

 
1969: Propaganda de los logros comunistas.