jueves, 14 de enero de 2016

BONOBOS VS. CHIMPANCES

                                                             
Mientras que los bonobos, enfrentados a un circunstancial encuentro de abundante comida, practican sexo entre todos, con el objetivo de una vez relajados (por la producción de endorfinas) establecer jerarquías para comer entre ellos, los auténticos chimpancés establecen la jerarquía directamente mediante agresividad.

Los humanos también somos agresivos pero en algunas ocasiones, como en una reunión para establecer acuerdos, a veces practicamos una técnica de relajación instintiva como bromear un poco (para producir endorfinas) antes de ponernos a trabajar. De esa forma los acuerdos son más fáciles y con menos agresividad.

Practiquemos el buen humor.

 

domingo, 27 de diciembre de 2015

PLANTAS TRANSGENICAS


Con ocasión de una conferencia para todos los públicos sobre los transgénicos, a la que asistí como público, el auditorio, mayoritariamente contrario a los transgénicos, en sus preguntas ponía en mal lugar la profesionalidad de los científicos, por acceder a producir este tipo de plantas. Tuve que intervenir como investigador para decir que en la ciencia como en todas las profesiones hay buenos y malos.

Mi experiencia en Fitogenética, haciendo mejora clásica de plantas, es que la introducción de un nuevo gen (mejor sería decir un nuevo alelo de un gen existente en la especie) siempre tiene efectos colaterales que hay que ir corrigiendo durante el proceso de mejora. Sin entrar en detalles, si introducimos un gen completamente nuevo en una especie, como es el caso en la producción de transgénicos, ese gen tiene que buscar su hueco (‘locus’ se dice en términos genéticos) en el genoma, y los efectos colaterales siempre serán mayores. Tanto más cuanto que generalmente se aloja en varios huecos (‘loci’) y los efectos epistáticos son mayores.

Hay que recordar que la biología es muy compleja. Baste recordar lo complicados que son nuestros propios temas de salud.

Pero no solo por eso soy contrario a los transgénicos, en particular de los de maíz. Es posible conseguir el mismo objetivo con plantas normales pero cultivadas adecuadamente. Sin entrar en los detalles que se comentan habitualmente sobre los transgénicos, el negocio de los transgénicos de maíz es un negocio más bien perverso. Pienso que su objetivo final es eliminar a los productores de semilla normal.

Por otro lado, en el sector claramente contrario a los transgénicos, una vez vi un cartel haciendo referencia a un huerto escolar que decía ZONA LIBRE DE TRANSGENICOS. Me parece que este tipo de advertencias también es perverso. ¿Quiere decir que las lechugas, judías, acelgas, etc. que había en ese huerto eran de fiar y las hortalizas que podamos comprar en la tienda no lo son?  También se dice que los nuevos tomates ‘larga vida’, duros como piedras, son transgénicos, cuando no lo son. Se han obtenido mediante mejora clásica. En fin hay que llevar cuidado y no alarmar a la gente. De momento no se conocen o no se comercializan hortalizas transgénicas. Ni creo que aparezcan pues la presión popular en contra es muy fuerte a nivel internacional.

 

sábado, 28 de noviembre de 2015

SANTIAGO Y JORGE

Los dos, Santiago y Jorge, procedíamos de pueblos próximos entre sí. Yo de uno pequeño, de la comarca, entonces resinera, de Molina de Aragón, en Guadalajara, y Santiago de Medinaceli, en Soria. Ambas localidades de distintas provincias, pero muy próximas, y que junto con Teruel y las zonas próximas de la provincia de Zaragoza, constituyen el núcleo central de la denominada Celtiberia.

La familia de Santiago y la mía habían emigrado en su momento a Valencia y habíamos estudiado el bachiller ele­mental juntos, en una academia familiar situada al principio del ‘carrer’ de Cuenca. Es curioso, en aquella época las calles de Valencia se llamaban calles, en castellano, pero a la calle Cuenca todo el mundo la denominaba ‘carrer’.
 
Por motivos que se irán viendo, tanto sus padres como mi madre viuda volvieron a la zona de origen, para que estudiáramos internos el bachiller superior en el colegio de la Sagrada Familia, en Sigüenza (Guadalajara). Este colegio era popularmente conocido como la SAFA, y estaba regido por el obispado de la ciudad.
En la SAFA estudiábamos todo tipo de jóvenes, desde hijos de agricultores de la zona con posibles, de pequeños empre­sarios, de maestros, de médicos, de secretarios de ayuntamiento, de madres solteras… pasando por hijos de mujeres de la vida e hijos de padres acaudalados de Madrid, quiénes querían vivir la vida sin preocuparse de sus hijos.  
Por cierto, estos últimos eran los más entristecidos y los que más pena nos daban al resto de compañeros. No en vano, gracias al estatus de sus padres, podrían llevar una vida muy diferente a la de un internado.
También había alumnos externos de Sigüenza, que eran la envidia de nosotros, los internos. No por dormir en su casa, que también, sino por disfrutar de la libertad de ir tranquilamente por las calles, y de poder simplemente contemplar a las zagalas de nuestra edad.
A los internos nos sacaban en formación de filas de a cuatro para ir del colegio al campo de deportes, que estaba en la zona de los pinares. Ese era uno de nuestros mayores disfrutes.
Cuando las chavalas seguntinas veían nuestras largas columnas huían despavoridas, torciendo por la primera esquina que les viniera a mano.
Con el tiempo, cuando pasamos a cursos superiores, es decir, nos fuimos haciendo mayores, y teniendo en cuenta que podíamos ser varios cientos los que circulábamos por las calles de Sigüenza, las esquinas eran aprovechadas por algunos de nosotros para escaquearnos enfilando por calles laterales. Cosa relativamente fácil pues la vigilancia era escasa. Uno o, como mucho, dos curas nos acompañaban.
Cuando lo conseguíamos se nos hinchaba el pecho de satisfacción y nos dedicábamos a pasear tranquilamente por la ciudad. Bueno, no tan tranquilos pues, si de repente veíamos una sotana, que en Sigüenza al menos en aquellos tiempos había muchas, teníamos que escabullirnos rápidamente.
También teníamos que tener cuidado al incorporarnos a las filas a la vuelta de nuestros compañeros hacia el colegio. Pensándolo bien, parece que no mereciera la pena el esfuerzo con tantas dificultades, pero aun así nos sentíamos muy satisfechos. La libertad, o el sentimiento de la misma, aunque sea ínfimo, son fundamentales para el hombre.
Con el paso de los años, una vez abandonado el colegio, nos fuimos dando cuenta de la gran labor que hicieron los curas de la SAFA con los jóvenes de la zona. Bueno, no solo de la zona sino de provincias limítrofes y no limítrofes.

El colegio estaba dirigido por Don Vicente Moñux a quien el obispo le había encargado su puesta en funcionamiento. Don Vicente estaba especializado en pedagogía y se sentía discípulo del Padre Manjón.

Yo le tenía un especial cariño a Don Avelino, que ejercía de administrador y contable. Labor que no era muy reconocida por el público estudiantil, que le había bautizado como ‘Avecrem’, por las sopas vespertinas que se ofrecían casi invariablemente en las cenas. A pesar de ello, Don Avelino era una persona afable y sonriente. Él acabó su labor en Zaragoza como párroco de la población Maella y después de Peñaflor, donde falleció antes de jubilarse.

A nivel de estudios, era muy reconocido Don Dionisio, que gracias a sus enseñanzas de matemáticas y física, nos catapultó a las escuelas de ingeniería a muchos de nosotros. También eran conocidos Don Luis y Don Juan, pero no precisamente por los aspectos positivos de su labor, que claro también los había.

Aquella noche, la conversación en Argüelles derivó sobre la situación de mi madre, que me acababa de escribir con las noticias habituales del pueblo. Viuda desde muy joven, con su pensión de viudedad, se había sacrificado para que yo pudiera hacer, además del bachiller superior, los estudios de maestro de enseñanza primaria en la SAFA y luego los de agronomía en Madrid.
La verdad es que mi madre vivía una vejez satisfecha por haber conseguido darle un futuro muy aceptable a su único hijo y de recibir mis noticias desde Madrid, esperando que algún día le comunicara que ‘festejaba’.

Ella, que era oriunda de Aragón, y por eso me bautizaron como Jorge, así denominaba al hecho de tener novia. Yo lo adopté, pues me parecía una palabra muy bonita y descriptiva de lo que los novios en aquellos tiempos hacían, ir de festejo en festejo. Así que, salvo que yo todavía no festejaba, tanto ella como yo teníamos una vida placentera para la época. Quizás con el lado oscuro de su temprana viudedad. Nada que ver con las consecuencias de la Guerra Civil, sino con una gripe que se complicó y acabó con la vida de mi padre, funcionario de administración municipal en Valencia, probablemente porque entonces la penicilina escaseaba.
 
El caso de Santiago era muy diferente. Su padre había luchado con los falangistas en la Guerra Civil, sobreviviendo a la contienda, pero con efectos colaterales, como el alcoholismo, y cierta insatisfacción por el incumplimiento por parte del Régimen de Franco del ideario falangista, del cual era ferviente creyente.
 
Resultado de ello era que, la educación de Santiago estaba prácticamente en manos de su madre y de sus abuelos maternos, que sin ser ricos, tenían ciertas posibilidades para enviarlo a la SAFA y luego a la Universidad.

Así que yo como hijo de viuda y Santiago como hijo de viuda virtual, nos alegramos desde el primer momento que nos volvimos a ver en la SAFA, después de nuestra estancia en Valencia. De alguna forma nos diferenciábamos del resto, por nuestra procedencia urbana. Lo que no dejó de causarnos algunos problemas. Sobre todo a Santiago que, con una pátina ciudadana mayor que la mía, provocaba cierto rechazo en los más ’rurales’. Sin embargo su carácter abierto y decidido fue dándole cierto prestigio. Aún recuerdo una cena en la que el reparto de raciones, abusivo y habitual por parte de uno de los compañeros de mesa, dejaba sin su ración al último en servirse. Y puedo añadir que en aquellos tiempos las cenas eran verdaderamente escasas. Ya saben, el ‘avecrem’. De esa época mantengo la costumbre de comerme la piel blanca de las naranjas. Tampoco es tan mala. Ahora es sabido que tiene muchos principios activos beneficiosos para la salud.

Volviendo al tema, ante la negativa del ‘abuson’ a devolver lo que no le correspondía, Santiago, que aquella noche debía estar más sensibilizado o hambriento de lo habitual, le lanzó un puñetazo directamente a su ojo izquierdo, que devino rápidamente en amoratado. Santiago acabó con un nudillo dislocado en su mano derecha, que por la inoperancia médica de aquellos tiempos, todavía hoy conserva. Ante el aplauso de la propia mesa y las cercanas, el cura vigilante Don Juan, una vez informado, llevó a ambos a la enfermería, y a continuación Santiago fue bendecido y el otro castigado. Por una vez la justicia fue acertada. Y el prestigio de Santiago subió algunos enteros entre la tropa estudiantil.
 


 
 
 
 


domingo, 22 de noviembre de 2015

OTRA ENTRADA


Para los aficionados a los huertos urbanos estoy escribiendo otro blog (‘VIVA LA HORTICULTURA’).  Su dirección es: https://mazarete.blogspot.com

 

martes, 3 de noviembre de 2015

SUCEDIO EN BUDAPEST


Falta una epopeya que nos sucedió en Budapest.

Por la tarde nos dieron tiempo libre. Avistamos un gran paseo por la orilla izquierda del Danubio, por donde circu­laban grupos de jóvenes aprovechando probablemente que era sábado tarde. La mayor parte de los grupos eran o de hombres o de mujeres, pero no mixtos. Vamos, como en España en aquellos tiempos. Así que teníamos nuestra oportunidad. Íbamos Santiago, Ignacio y yo, con lo que nos propusimos intentar ligar con algún grupo de tres féminas, haciendo uso de nuestros pequeños conocimientos de francés. El inglés todavía no tenía la fuerza que tiene hoy. Al principio no había forma de entablar conversación, no sabíamos si porque no hablaban francés (en Hungría se hablaba, aparte de húngaro, sobre todo ruso y alemán), o por el hecho de ser extranjeros. Pero la suerte finalmente nos favoreció. Vimos un grupo de tres chavalas que nos miraban de reojo, acompañado de risitas entre ellas.


Santiago dijo:

–Es señal inequívoca de que quieren ligar, al menos, así sería en España.

Y efectivamente, empezamos a chapurrear con ellas en francés. Cuando se enteraron de que éramos españoles, lo primero que querían saber es, qué era eso del toreo. Ignacio les dijo que tal era la afición, que cada español tenía un papel en las corridas de toros y que lo ejercía cuando, por riguroso turno, le tocaba. Ahí es nada.

Yo les decía:

–Santiago es toreador, Ignacio banderillero y yo picador.

Explicándoles el papel de cada operario, se miraban incrédulas entre sí, pero el apoyo de Ignacio y Santiago pareció convencerlas. Fue buena entrada, pues por lo menos provocó risas y seguimos con otros temas en un ambiente más relajado.

Yo era el que más esfuerzos hacía por entenderlas. Así que, de sus propias conversaciones en húngaro, idioma raro por cierto, iba pescando palabras que me permitía adelan­tarme y ayudar a lo que nos querían decir. Pero al cabo de un rato dijeron que ya no querían seguir con nosotros. Pidiéndoles explicaciones nos dijeron:

–Bueno, con vosotros (por Santiago e Ignacio) no nos importaría, pero con vuestro compañero (es decir yo) no queremos seguir.

-¿Cuál es el problema? –les decía ofendido.

Al principio hacían remilgos, pero finalmente confesaron a mis compañeros en un aparte, que yo era de la policía secreta húngara.

¡Dios mío cómo pude dar esa sensación! Buscando una explicación, aparte de mi fea cara, llegué a la conclusión de que mi afán por entenderlas les pudo llevar a ese resultado. No era raro en un país donde nadie se fiaba de nadie.

De todas formas mi afán de cordialidad con la gente, en algunas ocasiones me ha dado disgustos por malentendidos. Cuando te pasas en atenciones con ciertas personas se creen con derecho a más. Desgraciadamente, en mi vida, cuando esto ha sucedido y me daba cuenta, ya era tarde.

 
En aquel tiempo yo pensaba que había que ser buena persona con todas sus consecuencias. Hoy añadiría, pero no tonto.

jueves, 10 de septiembre de 2015

OTRA DE COCHES (Serie investigación-2)



El mismo capataz de la historia anterior fue un día a recoger su propio coche a la hora de salida del trabajo. Nuevamente no lo encontraba, pero ¡córcholis! esta vez era más serio pues se trataba de su propio coche. Claro, se había dejado las llaves a la vista en la repisa, pero no esperaba que en su propio centro de trabajo le robaran su coche. Acudió nuevamente al director para denunciarlo y se fue como pudo a su casa.

En la propia Unidad trabajaba un perito agrícola que trataba de hacer la licenciatura en Ciencias Físicas en la Universidad de Zaragoza. Para estudiar aprovechaba el tiempo nocturno y para ello se drogaba con lo que podía. De tal forma que llegaba colocado al trabajo. Aquel día de los hechos, quizás algo más pues tenía examen y debía ir a la Facultad. El caso es que seguía colocado a la hora de salir del trabajo.

Su coche y el del capataz eran del mismo modelo. Se metió en el coche del capataz y con sus propias llaves no conseguía arrancarlo. De repente vio otras llaves en la repisa y con ellas arrancó y se fue directamente al examen. A la salida del examen cogió el coche y lo aparcó en las cercanías de su domicilio.

A la mañana siguiente, ya en mejores condiciones mentales, no encontraba su propio coche ni en su casa ni en la Universidad y volvió como pudo al trabajo. Allí lo esperaba el capataz que suponía lo que había ocurrido. Y comentaba para sus adentros: ¡Qué jefes tengo!

 

jueves, 13 de agosto de 2015

EL CINTURÓN DEL FUNCIONARIO (Serie investigación-1)


(Con esta primera entrada inauguro una serie, que será intercalada, de historias curiosas de un centro de investigación agraria y de investigación en general)

Como todas las mañanas, el capataz de la Unidad fue al garaje a coger el coche que utilizaba para bajar a la parcela experimental de investigación agraria, junto al río Gállego, en Zaragoza. Al no encontrarlo tuvo que solicitar otro coche para poder hacer su labor y por supuesto denunciar al director del Centro de Investigación su desaparición.

Una vez en la parcela y dando una vuelta a su alrededor, vio que el coche perdido se encontraba en un camino abrupto y sin salida, entre el boscaje de ribera del río. Se acercó al coche, no sin prevención, pues estaba medio atascado y con las dos puertas delanteras abiertas de par en par.

Ya dentro del coche, un Renault 4L de los años 70, vio que las llaves de contacto se encontraban en su lugar. En el asiento del acompañante había abandonado un cinturón de pantalón de hombre. Puertas abiertas, camino entre boscaje, llaves puestas, cinturón de hombre. El capataz sin dudarlo pensó: encuentro de pareja abortado ante la presencia de alguna otra persona. La pareja debió de tener que abandonar precipitadamente el asunto, caminando a pie, de malas maneras por la orilla del rio, y el hombre, claro, sujetándose los pantalones

Con estas suposiciones, el capataz recogió el coche y acudió con la noticia de su recuperación al director, a quien entrego el cinturón. Éste le dio la orden de no comentar nada a este respecto.

El director, por el tamaño del cinturón, supuso que el funcionario debía de ser más bien delgado. Con esta premisa empezó a observar a los varones del centro, entre los que me encontraba yo, que casualmente era de la misma Unidad que el coche desaparecido. Después del consiguiente interrogatorio fui descartado y siguió la búsqueda por otras Unidades.

Parece ser, pues con certeza no llegó a saberse, que el hombre era de otra Unidad del Centro, pero, claro, si el coche era de nuestra Unidad la mujer debía de ser de nuestra propia Unidad. ¡Caramba, caramba!