En mayo de 1974, ante el traslado del jefe de la Unidad de
Horticultura, ya hacía un año, se me nombra jefe de la misma. Tenía 27 años.
Hacía menos de 2 años que había vuelto del período de formación en Holanda (casi 2 años). Éramos 2 investigadores. En un par de años éramos más de 15
investigadores. Aparte de coordinar la actividad tenía que hacer mi propia
investigación. No teníamos más que unas parcelas experimentales, algún auxiliar
de campo y escasos medios técnicos. Aún me maravillo de cómo salí adelante. Sin
embargo, el agobio de trabajo y la escasa ayuda me llevaron a hacer cosas
sencillas, como la selección del pimiento Morrón, demanda de la zona, que dio
lugar a la obtención de la línea Luesia. Su éxito me impidió pensar en su mejora
cruzándola con otras de las líneas obtenidas en el mismo programa.
Afortunadamente, porque en ese momento habríamos perdido la resistencia a
Verticillium y probablemente la resistencia al agrietado del fruto. No hay mal
que por bien no venga. Cuando, muchos años después mejoramos la variedad Piver,
ya conocíamos cómo manejar la resistencia y cómo actuar más convenientemente en
el proceso de selección. Y todo esto, con la transferencia de la investigación
agraria desde el Estado a las autonomías, poca implicación de los
jefes-políticos, escasas directrices de trabajo y no resolviendo el hecho de
que había alguna investigadora incapaz provocando, por no decir cosas peores,
mal ambiente en la Unidad.
Inicio este blog con motivo de la publicación del libro ‘Corría el año 1969’ ya hace casi 2 años. En ese año, en Madrid, un grupo de ingenieros agrónomos españoles tuvimos el atrevimiento de planear nuestro viaje fin de carrera a los países comunistas del Este de Europa.
viernes, 12 de febrero de 2016
jueves, 14 de enero de 2016
BONOBOS VS. CHIMPANCES
Mientras que los bonobos, enfrentados a un circunstancial encuentro
de abundante comida, practican sexo entre todos, con el objetivo de una vez
relajados (por la producción de endorfinas) establecer jerarquías para comer entre ellos,
los auténticos chimpancés establecen la jerarquía directamente mediante agresividad.
Los humanos también somos agresivos pero en algunas
ocasiones, como en una reunión para establecer acuerdos, a veces practicamos
una técnica de relajación instintiva como bromear un poco (para producir
endorfinas) antes de ponernos a trabajar. De esa forma los acuerdos son más
fáciles y con menos agresividad.
Practiquemos el buen humor.
domingo, 27 de diciembre de 2015
PLANTAS TRANSGENICAS
Con ocasión de una conferencia para todos los públicos sobre
los transgénicos, a la que asistí como público, el auditorio, mayoritariamente contrario
a los transgénicos, en sus preguntas ponía en mal lugar la profesionalidad de
los científicos, por acceder a producir este tipo de plantas. Tuve que
intervenir como investigador para decir que en la ciencia como en todas las
profesiones hay buenos y malos.
Mi experiencia en Fitogenética, haciendo mejora clásica de
plantas, es que la introducción de un nuevo gen (mejor sería decir un nuevo alelo
de un gen existente en la especie) siempre tiene efectos colaterales que hay
que ir corrigiendo durante el proceso de mejora. Sin entrar en detalles, si
introducimos un gen completamente nuevo en una especie, como es el caso en la
producción de transgénicos, ese gen tiene que buscar su hueco (‘locus’ se dice
en términos genéticos) en el genoma, y los efectos colaterales siempre serán mayores.
Tanto más cuanto que generalmente se aloja en varios huecos (‘loci’) y los
efectos epistáticos son mayores.
Hay que recordar que la biología es muy compleja. Baste
recordar lo complicados que son nuestros propios temas de salud.
Pero no solo por eso soy contrario a los transgénicos, en
particular de los de maíz. Es posible conseguir el mismo objetivo con plantas
normales pero cultivadas adecuadamente. Sin entrar en los detalles que se
comentan habitualmente sobre los transgénicos, el negocio de los transgénicos
de maíz es un negocio más bien perverso. Pienso que su objetivo final es
eliminar a los productores de semilla normal.
Por otro lado, en el sector claramente contrario a los
transgénicos, una vez vi un cartel haciendo referencia a un huerto escolar que
decía ZONA LIBRE DE TRANSGENICOS. Me parece que este tipo de advertencias
también es perverso. ¿Quiere decir que las lechugas, judías, acelgas, etc. que
había en ese huerto eran de fiar y las hortalizas que podamos comprar en la
tienda no lo son? También se dice que
los nuevos tomates ‘larga vida’, duros como piedras, son transgénicos, cuando
no lo son. Se han obtenido mediante mejora clásica. En fin hay que llevar
cuidado y no alarmar a la gente. De momento no se conocen o no se comercializan
hortalizas transgénicas. Ni creo que aparezcan pues la presión popular en
contra es muy fuerte a nivel internacional.
Etiquetas:
Fitogenética,
Loci,
Locus
Ubicación:
Zaragoza, Zaragoza, España
sábado, 28 de noviembre de 2015
SANTIAGO Y JORGE
Los dos, Santiago y Jorge, procedíamos de
pueblos próximos entre sí. Yo de uno pequeño, de la comarca, entonces resinera,
de Molina de Aragón, en Guadalajara, y Santiago de Medinaceli, en Soria. Ambas
localidades de distintas provincias, pero muy próximas, y que junto con Teruel
y las zonas próximas de la provincia de Zaragoza, constituyen el núcleo central
de la denominada Celtiberia.
La familia de Santiago y la mía habían
emigrado en su momento a Valencia y habíamos estudiado el bachiller elemental
juntos, en una academia familiar situada al principio del ‘carrer’ de Cuenca.
Es curioso, en aquella época las calles de Valencia se llamaban calles, en
castellano, pero a la calle Cuenca todo el mundo la denominaba ‘carrer’.
Por motivos que se irán viendo, tanto sus
padres como mi madre viuda volvieron a la zona de origen, para que estudiáramos
internos el bachiller superior en el colegio de la Sagrada Familia, en Sigüenza
(Guadalajara). Este colegio era popularmente conocido como la SAFA, y estaba
regido por el obispado de la ciudad.
En la SAFA estudiábamos todo tipo de
jóvenes, desde hijos de agricultores de la zona con posibles, de pequeños empresarios,
de maestros, de médicos, de secretarios de ayuntamiento, de madres solteras…
pasando por hijos de mujeres de la vida e hijos de padres acaudalados de
Madrid, quiénes querían vivir la vida sin preocuparse de sus hijos.
Por cierto, estos últimos eran los más
entristecidos y los que más pena nos daban al resto de compañeros. No en vano,
gracias al estatus de sus padres, podrían llevar una vida muy diferente a la de
un internado.
También había alumnos externos de
Sigüenza, que eran la envidia de nosotros, los internos. No por dormir en su
casa, que también, sino por disfrutar de la libertad de ir tranquilamente por
las calles, y de poder simplemente contemplar a las zagalas de nuestra edad.
A los internos nos sacaban en formación de
filas de a cuatro para ir del colegio al campo de deportes, que estaba en la
zona de los pinares. Ese era uno de nuestros mayores disfrutes.
Cuando las chavalas seguntinas veían
nuestras largas columnas huían despavoridas, torciendo por la primera esquina
que les viniera a mano.
Con el tiempo, cuando pasamos a cursos
superiores, es decir, nos fuimos haciendo mayores, y teniendo en cuenta que
podíamos ser varios cientos los que circulábamos por las calles de Sigüenza,
las esquinas eran aprovechadas por algunos de nosotros para escaquearnos
enfilando por calles laterales. Cosa relativamente fácil pues la vigilancia era
escasa. Uno o, como mucho, dos curas nos acompañaban.
Cuando lo conseguíamos se nos hinchaba el
pecho de satisfacción y nos dedicábamos a pasear tranquilamente por la ciudad.
Bueno, no tan tranquilos pues, si de repente veíamos una sotana, que en
Sigüenza al menos en aquellos tiempos había muchas, teníamos que escabullirnos
rápidamente.
También teníamos que tener cuidado al
incorporarnos a las filas a la vuelta de nuestros compañeros hacia el colegio.
Pensándolo bien, parece que no mereciera la pena el esfuerzo con tantas dificultades,
pero aun así nos sentíamos muy satisfechos. La libertad, o el sentimiento de la
misma, aunque sea ínfimo, son fundamentales para el hombre.
Con el paso de los años, una vez
abandonado el colegio, nos fuimos dando cuenta de la gran labor que hicieron
los curas de la SAFA con los jóvenes de la zona. Bueno, no solo de la zona sino
de provincias limítrofes y no limítrofes.
Así que yo como hijo de viuda y Santiago como hijo de viuda virtual, nos alegramos desde el primer momento que nos volvimos a ver en la SAFA, después de nuestra estancia en Valencia. De alguna forma nos diferenciábamos del resto, por nuestra procedencia urbana. Lo que no dejó de causarnos algunos problemas. Sobre todo a Santiago que, con una pátina ciudadana mayor que la mía, provocaba cierto rechazo en los más ’rurales’. Sin embargo su carácter abierto y decidido fue dándole cierto prestigio. Aún recuerdo una cena en la que el reparto de raciones, abusivo y habitual por parte de uno de los compañeros de mesa, dejaba sin su ración al último en servirse. Y puedo añadir que en aquellos tiempos las cenas eran verdaderamente escasas. Ya saben, el ‘avecrem’. De esa época mantengo la costumbre de comerme la piel blanca de las naranjas. Tampoco es tan mala. Ahora es sabido que tiene muchos principios activos beneficiosos para la salud.
Volviendo al tema, ante la negativa del ‘abuson’ a devolver lo que no le correspondía, Santiago, que aquella noche debía estar más sensibilizado o hambriento de lo habitual, le lanzó un puñetazo directamente a su ojo izquierdo, que devino rápidamente en amoratado. Santiago acabó con un nudillo dislocado en su mano derecha, que por la inoperancia médica de aquellos tiempos, todavía hoy conserva. Ante el aplauso de la propia mesa y las cercanas, el cura vigilante Don Juan, una vez informado, llevó a ambos a la enfermería, y a continuación Santiago fue bendecido y el otro castigado. Por una vez la justicia fue acertada. Y el prestigio de Santiago subió algunos enteros entre la tropa estudiantil.
El colegio estaba dirigido por Don Vicente Moñux a quien el obispo le había encargado su puesta en funcionamiento. Don Vicente estaba especializado en pedagogía y se sentía discípulo del Padre Manjón.
Yo le tenía un especial cariño a Don Avelino, que ejercía de administrador y contable. Labor que no era muy reconocida por el público estudiantil, que le había bautizado como ‘Avecrem’, por las sopas vespertinas que se ofrecían casi invariablemente en las cenas. A pesar de ello, Don Avelino era una persona afable y sonriente. Él acabó su labor en Zaragoza como párroco de la población Maella y después de Peñaflor, donde falleció antes de jubilarse.
A nivel de estudios, era muy reconocido Don Dionisio, que gracias a sus enseñanzas de matemáticas y física, nos catapultó a las escuelas de ingeniería a muchos de nosotros. También eran conocidos Don Luis y Don Juan, pero no precisamente por los aspectos positivos de su labor, que claro también los había.
Aquella noche, la conversación en Argüelles derivó sobre la situación de mi madre, que me acababa de escribir con las noticias habituales del pueblo. Viuda desde muy joven, con su pensión de viudedad, se había sacrificado para que yo pudiera hacer, además del bachiller superior, los estudios de maestro de enseñanza primaria en la SAFA y luego los de agronomía en Madrid.
La verdad es que mi madre vivía una vejez satisfecha por haber conseguido darle un futuro muy aceptable a su único hijo y de recibir mis noticias desde Madrid, esperando que algún día le comunicara que ‘festejaba’.
Ella, que era oriunda de Aragón, y por eso me bautizaron como Jorge, así denominaba al hecho de tener novia. Yo lo adopté, pues me parecía una palabra muy bonita y descriptiva de lo que los novios en aquellos tiempos hacían, ir de festejo en festejo. Así que, salvo que yo todavía no festejaba, tanto ella como yo teníamos una vida placentera para la época. Quizás con el lado oscuro de su temprana viudedad. Nada que ver con las consecuencias de la Guerra Civil, sino con una gripe que se complicó y acabó con la vida de mi padre, funcionario de administración municipal en Valencia, probablemente porque entonces la penicilina escaseaba.
El caso de Santiago era muy diferente. Su padre había luchado con los falangistas en la Guerra Civil, sobreviviendo a la contienda, pero con efectos colaterales, como el alcoholismo, y cierta insatisfacción por el incumplimiento por parte del Régimen de Franco del ideario falangista, del cual era ferviente creyente.
Resultado de ello era que, la educación de Santiago estaba prácticamente en manos de su madre y de sus abuelos maternos, que sin ser ricos, tenían ciertas posibilidades para enviarlo a la SAFA y luego a la Universidad.
Así que yo como hijo de viuda y Santiago como hijo de viuda virtual, nos alegramos desde el primer momento que nos volvimos a ver en la SAFA, después de nuestra estancia en Valencia. De alguna forma nos diferenciábamos del resto, por nuestra procedencia urbana. Lo que no dejó de causarnos algunos problemas. Sobre todo a Santiago que, con una pátina ciudadana mayor que la mía, provocaba cierto rechazo en los más ’rurales’. Sin embargo su carácter abierto y decidido fue dándole cierto prestigio. Aún recuerdo una cena en la que el reparto de raciones, abusivo y habitual por parte de uno de los compañeros de mesa, dejaba sin su ración al último en servirse. Y puedo añadir que en aquellos tiempos las cenas eran verdaderamente escasas. Ya saben, el ‘avecrem’. De esa época mantengo la costumbre de comerme la piel blanca de las naranjas. Tampoco es tan mala. Ahora es sabido que tiene muchos principios activos beneficiosos para la salud.
Volviendo al tema, ante la negativa del ‘abuson’ a devolver lo que no le correspondía, Santiago, que aquella noche debía estar más sensibilizado o hambriento de lo habitual, le lanzó un puñetazo directamente a su ojo izquierdo, que devino rápidamente en amoratado. Santiago acabó con un nudillo dislocado en su mano derecha, que por la inoperancia médica de aquellos tiempos, todavía hoy conserva. Ante el aplauso de la propia mesa y las cercanas, el cura vigilante Don Juan, una vez informado, llevó a ambos a la enfermería, y a continuación Santiago fue bendecido y el otro castigado. Por una vez la justicia fue acertada. Y el prestigio de Santiago subió algunos enteros entre la tropa estudiantil.
Etiquetas:
Celtiberia,
Don Avelino,
Don Dionisio,
Don Vicente Moñux,
La SAFA,
Molina de Aragón. Medinaceli,
Sigüenza
Ubicación:
Zaragoza, Zaragoza, España
domingo, 22 de noviembre de 2015
OTRA ENTRADA
Para los aficionados a los huertos urbanos estoy escribiendo
otro blog (‘VIVA LA HORTICULTURA’). Su dirección es: https://mazarete.blogspot.com
martes, 3 de noviembre de 2015
SUCEDIO EN BUDAPEST
Falta una epopeya que nos sucedió en Budapest.
Por la tarde nos dieron tiempo libre.
Avistamos un gran paseo por la orilla izquierda del Danubio, por donde circulaban
grupos de jóvenes aprovechando probablemente que era sábado tarde. La mayor
parte de los grupos eran o de hombres o de mujeres, pero no mixtos. Vamos, como
en España en aquellos tiempos. Así que teníamos nuestra oportunidad. Íbamos
Santiago, Ignacio y yo, con lo que nos propusimos intentar ligar con algún grupo
de tres féminas, haciendo uso de nuestros pequeños conocimientos de francés. El
inglés todavía no tenía la fuerza que tiene hoy. Al principio no había forma de
entablar conversación, no sabíamos si porque no hablaban francés (en Hungría se
hablaba, aparte de húngaro, sobre todo ruso y alemán), o por el hecho de ser
extranjeros. Pero la suerte finalmente nos favoreció. Vimos un grupo de tres
chavalas que nos miraban de reojo, acompañado de risitas entre ellas.
Santiago dijo:
–Es señal inequívoca de que quieren ligar,
al menos, así sería en España.
Y efectivamente, empezamos a chapurrear
con ellas en francés. Cuando se enteraron de que éramos españoles, lo primero
que querían saber es, qué era eso del toreo. Ignacio les dijo que tal era la
afición, que cada español tenía un papel en las corridas de toros y que lo
ejercía cuando, por riguroso turno, le tocaba. Ahí es nada.
Yo les decía:
–Santiago es toreador, Ignacio
banderillero y yo picador.
Explicándoles el papel de cada operario,
se miraban incrédulas entre sí, pero el apoyo de Ignacio y Santiago pareció
convencerlas. Fue buena entrada, pues por lo menos provocó risas y seguimos con
otros temas en un ambiente más relajado.
Yo era el que más esfuerzos hacía por
entenderlas. Así que, de sus propias conversaciones en húngaro, idioma raro por
cierto, iba pescando palabras que me permitía adelantarme y ayudar a lo que
nos querían decir. Pero al cabo de un rato dijeron que ya no querían seguir con
nosotros. Pidiéndoles explicaciones nos dijeron:
–Bueno, con vosotros (por Santiago e
Ignacio) no nos importaría, pero con vuestro compañero (es decir yo) no
queremos seguir.
-¿Cuál
es el problema? –les decía ofendido.
Al
principio hacían remilgos, pero finalmente confesaron a mis compañeros en un
aparte, que yo era de la policía secreta húngara.
¡Dios mío cómo pude dar esa sensación!
Buscando una explicación, aparte de mi fea cara, llegué a la conclusión de que
mi afán por entenderlas les pudo llevar a ese resultado. No era raro en un país
donde nadie se fiaba de nadie.
De todas formas mi afán de cordialidad con
la gente, en algunas ocasiones me ha dado disgustos por malentendidos. Cuando
te pasas en atenciones con ciertas personas se creen con derecho a más.
Desgraciadamente, en mi vida, cuando esto ha sucedido y me daba cuenta, ya era
tarde.
jueves, 10 de septiembre de 2015
OTRA DE COCHES (Serie investigación-2)
El mismo capataz de la historia anterior fue un día a
recoger su propio coche a la hora de salida del trabajo. Nuevamente no lo
encontraba, pero ¡córcholis! esta vez era más serio pues se trataba de su
propio coche. Claro, se había dejado las llaves a la vista en la repisa, pero
no esperaba que en su propio centro de trabajo le robaran su coche. Acudió
nuevamente al director para denunciarlo y se fue como pudo a su casa.
En la propia Unidad trabajaba un perito agrícola que trataba
de hacer la licenciatura en Ciencias Físicas en la Universidad de Zaragoza.
Para estudiar aprovechaba el tiempo nocturno y para ello se drogaba con lo que
podía. De tal forma que llegaba colocado al trabajo. Aquel día de los hechos, quizás
algo más pues tenía examen y debía ir a la Facultad. El caso es que seguía
colocado a la hora de salir del trabajo.
Su coche y el del capataz eran del mismo modelo. Se metió en
el coche del capataz y con sus propias llaves no conseguía arrancarlo. De repente
vio otras llaves en la repisa y con ellas arrancó y se fue directamente al
examen. A la salida del examen cogió el coche y lo aparcó en las cercanías de
su domicilio.
A la mañana siguiente, ya en mejores condiciones mentales,
no encontraba su propio coche ni en su casa ni en la Universidad y volvió como
pudo al trabajo. Allí lo esperaba el capataz que suponía lo que había ocurrido.
Y comentaba para sus adentros: ¡Qué jefes tengo!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)